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Lecturas y poesía

La escritura de Dios de Jorge Luis Borges

Me encantan los cuentos. Por eso comparto este de Jorge Luis Borges, titulado ¬ęLa escritura de Dios¬Ľ, uno de los 17¬† que componen¬† El Aleph, sobre el cual he reflexionado bastante:

La c√°rcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que tambi√©n es de piedra) es algo menor que un c√≠rculo m√°ximo, hecho que agrava de alg√ļn modo los sentimientos de opresi√≥n y de vastedad. Un muro medianero la corta; √©ste, aunque alt√≠simo, no toca la parte superior de la b√≥veda; de un lado estoy yo, Tzinac√°n, mago de la pir√°mide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendi√≥; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los a√Īos maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, c√°ntaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la b√≥veda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los a√Īos que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y pod√≠a caminar por esta prisi√≥n, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las v√≠ctimas, y ahora no podr√≠a, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de alg√ļn modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sab√≠a. Noches enteras malgast√© en recordar el orden y el n√ļmero de unas sierpes de piedra o la forma de un √°rbol medicinal. As√≠ fui revelando los a√Īos, as√≠ fui entrando en posesi√≥n de lo que ya era m√≠o. Una noche sent√≠ que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitaci√≥n en la sangre. Horas despu√©s empec√© a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. √Čste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrir√≠an muchas desventuras y ruinas, escribi√≥ el primer d√≠a de la Creaci√≥n una sentencia m√°gica, apta para conjurar esos males. La escribi√≥ de manera que llegara a las m√°s apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qu√© punto la escribi√≥, ni con qu√© caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leer√° un elegido. Consider√© que est√°bamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de √ļltimo sacerdote del dios me dar√≠a acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una c√°rcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo hab√≠a visto miles de veces la inscripci√≥n de Qaholom y s√≥lo me faltaba entenderla.

Esta reflexi√≥n me anim√≥, y luego me infundi√≥ una especie de v√©rtigo. En el √°mbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas pod√≠a ser el s√≠mbolo buscado. Una monta√Īa pod√≠a ser la palabra del dios, o un r√≠o o el imperio o la configuraci√≥n de los astros. Pero en el curso de los siglos las monta√Īas se allanan y el camino de un r√≠o suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros var√≠a. En el firmamento hay mudanza. La monta√Īa y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqu√© algo m√°s tenaz, m√°s invulnerable. Pens√© en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los p√°jaros, de los hombres. Quiz√° en mi cara estuviera escrita la magia, quiz√° yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese af√°n estaba cuando record√© que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llen√≥ de piedad. Imagin√© la primera ma√Īana del tiempo, imagin√© a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amar√≠an y se engendrar√≠an sin fin, en cavernas, en ca√Īaverales, en islas, para que los √ļltimos hombres lo recibieran. Imagin√© esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los reba√Īos para conservar un dibujo. En la otra celda hab√≠a un jaguar; en su vecindad percib√≠ una confirmaci√≥n de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqu√© largos a√Īos a aprender el orden y la configuraci√≥n de las manchas. Cada ciega jornada me conced√≠a un instante de luz, y as√≠ pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas inclu√≠an puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repet√≠an. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas ten√≠an bordes rojos.

No dir√© las fatigas de mi labor. M√°s de una vez grit√© a la b√≥veda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquiet√≥ menos que el enigma gen√©rico de una sentencia escrita por un dios. ¬ŅQu√© tipo de sentencia (me pregunt√©) construir√° una mente absoluta? Consider√© que aun en los lenguajes humanos no hay proposici√≥n que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devor√≥, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consider√© que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciar√≠a esa infinita concatenaci√≥n de los hechos, y no de un modo impl√≠cito, sino expl√≠cito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noci√≥n de una sentencia divina pareci√≥me pueril o blasfematoria. Un dios, reflexion√©, s√≥lo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por √©l puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un d√≠a o una noche -entre mis d√≠as y mis noches ¬Ņqu√© diferencia cabe?- so√Ī√© que en el piso de la c√°rcel hab√≠a un grano de arena. Volv√≠ a dormir; so√Ī√© que los granos de arena eran tres. Fueron, as√≠, multiplic√°ndose hasta colmar la c√°rdel, y yo mor√≠a bajo ese hemisferio de arena. Comprend√≠ que estaba so√Īando: con un vasto esfuerzo me despert√©. El despertar fue in√ļtil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: ¬ęNo has despertado a la vigilia, sino a un sue√Īo anterior. Ese sue√Īo est√° dentro de otro, y as√≠ hasta lo infinito, que es el n√ļmero de los granos de arena. El camino que habr√°s de desandar es interminable, y morir√°s antes de haber despertado realmente.¬Ľ

Me sent√≠ perdido. La arena me romp√≠a la boca, pero grit√©: ¬ęNi una arena so√Īada puede matarme, ni hay sue√Īos que est√©n dentro de sue√Īos.¬Ľ Un resplandor me despert√≥. En la tiniebla superior se cern√≠a un c√≠rculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los c√°ntaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. M√°s que un descifrador o un vengador, m√°s que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansablee laberinto de sue√Īos yo regres√© como a mi casa a la dura prisi√≥n. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurri√≥ lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurri√≥ la uni√≥n con la divinidad, con el universo (no s√© si estas palabras difieren). El √©xtasis no repite sus s√≠mbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los c√≠rculos de una rosa. Yo vi una Rueda alt√≠sima, que no estaba delante de mis ojos, ni detr√°s, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero tambi√©n de fuego, y era (aunque se ve√≠a el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que ser√°n, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ah√≠ estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¬°Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los √≠ntimos designios del universo. Vi los or√≠genes que narra el Libro del Com√ļn. Vi las monta√Īas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detr√°s de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendi√©ndolo todo, alcanc√© tambi√©n a entender la escriturad del tigre.

Es una f√≥rmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastar√≠a decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastar√≠a decirla para abolir esta c√°rcel de piedra, para que el d√≠a entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos espa√Īoles, para reconstruir la pir√°mide, para reconstruir el imperio. Cuarenta s√≠labas, catorce palabras, y yo, Tzinac√°n, regir√≠a las tierras que rigi√≥ Moctezuma. Pero yo s√© que nunca dir√© esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinac√°n.

Roberto Reale en la tumab de Borges (Ginebra, Suiza)
Roberto Reale en la tumba de Borges (Ginebra, Suiza)

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Espero que te guste y que cambie tu todo, mundo o universo.

— Roberto Reale

Una respuesta a ¬ęLa escritura de Dios de Jorge Luis Borges¬Ľ

Estimado Roberto Reale
Seguimos tu p√°gina; Leer√© el cuento de Boges, y lo pondr√© en el √°lbum de Borges de mi Face. Por supuesto conoc√≠ a Borges, lo ve√≠a caminar cearca de la biblioteca nacional, por M√©jico, Per√ļ, en esa zona del barrio ( Monserrat? ).
Me impresiona esa foto en que estás la sepultura de Borges en Suiza. Visita mi Face, te va a gustar. Saludos..Dr. Juan Bruno Carciofi, Director de Agrupación Santa María.

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